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Dido y Eneas son los
personajes de los que se sirve Virgilio para justificar la
eterna enemistad existente entre las dos grandes potencias
mediterráneas de la antigüedad, Cartago y Roma. Eneas era un
príncipe troyano, hijo de la diosa Venus, que huyó de su
tierra tras el fin de la guerra de Troya por decisión de los
dioses para fundar una nueva Troya, Roma. Dido era una
legendaria reina de Cartago, enamorada del héroe troyano por
arte de Venus para que éste consiguiera alcanzar su destino,
fundar Roma.
Las penalidades del
héroe romano surgen de la enemistad entre dos diosas, Venus,
su madre, y Juno, esposa de Júpiter y diosa del matrimonio;
Juno se convirtió en enemiga de la estirpe troyana cuando
Paris, secuestrador de Helena, por quien se originó la
guerra de Troya, ante una consulta sobre quién de las dos
era más hermosa se decidió por Venus. Tras andar errante
Eneas por el mar durante siete años, parecía cercana la
llegada a Italia, cuando una tempestad suscitada por el dios
Eolo incitado por la irascible Juno, lo rechazó hacia la
costa de Cartago, en África.
Lo primero que hizo
Eneas fue reconocer el lugar desconocido al que había
llegado con sus compañeros; no dudó en subir a unos montes
en búsqueda de comida con que saciar su hambre. Encontró
unos grandes ciervos, los cocinaron y, con ellos calmaron
las necesidades de sus estómagos.
Mientras tanto, la diosa Venus se quejaba ante Júpiter de
las desventuras de su hijo humano; sus quejas tuvieron
éxito, pues el rey de los dioses envió a Dido a su mensajero
Mercurio para que le acogiera como huésped ilustre y no como
enemigo. Tras esta promesa, Venus se le apareció y le hizo
entrar en la ciudad junto con sus compañeros bajo una espesa
niebla que les ocultaba.
Dido estaba entonces
inaugurando un templo dedicado a la diosa Juno; al ver a sus
compañeros - Eneas estaba todavía bajo la niebla-, les
preguntó por Eneas; rápidamente se disiparon las nubes y se
presentó. Dido les invitó a su palacio, no sin que antes
Acates, fiel compañero, fuese a buscar al hijo de Eneas,
Ascanio, a la playa a la que habían sido arrojados por las
olas.
La diosa Venus puso en marcha otro plan para que Eneas
pudiera llegar a Italia y simultáneamente descansar durante
un tiempo: Ordenó a su hijo Cupido, dios del amor, que
lanzase sus flechas de amor sobre Dido; de esta manera,
quedaría prendada por Eneas y él, sin embargo, no sentiría
mucho en su corazón el día de la partida. Durante la cena el
corazón de Dido se iba inflamando cada vez más de amor por
el héroe troyano.
A la mañana siguiente,
Dido se dedicó a pasear por las murallas de la ciudad; su
corazón no pudo descansar hasta que le contó a su hermana
Anna sus sentimientos; esta le animó a hacer caso a su
corazón. En el cielo, las diosas siguieron conspirando para
que Cartago y Troya no se separasen, con propósitos
distintos, Juno que el matrimonio llegara a buen término,
Venus que su hijo descansara y así pudiera fundar la ciudad
a la que estaba destinado. Deciden su boda en una cueva, a
escondidas de todos, en el curso de una cacería.
Cuando la cacería
estaba casi acabada, Juno desata una gran tempestad y cubre
en una nube a los amantes; estos a su vez deciden refugiarse
en una cueva; Dido quería enterarse de todos los
sufrimientos de Troya y de sus habitantes; las respuestas de
Eneas le hacían enamorarse cada vez más profundamente. A
pesar del temor a que el amado pudiera partir, Dido se
entrega a Eneas.
A su regreso a la ciudad, todos los habitantes estaban al
tanto de los sucedido; la alegría en la ciudad era grande,
incluso a la reina se le escapó que había celebrado la boda
con Eneas. Pero la felicidad no duró mucho para los
amantes.
La noticia no tardó a
llegar a las regiones vecinas. Iarbos, antiguo pretendiente
de Dido y siempre despreciado por ella, presentó sus quejas
a Júpiter, de quien era descendiente. A su vez Venus le
recordó que el destino de Eneas siempre había sido la
fundación de la nueva Troya en Italia. Estos dos hechos
hicieron que de nuevo enviase a Mercurio a la tierra; pero
en esta ocasión sus órdenes irían dirigidas a Eneas: "has de
olvidarte de Dido y salir con tus compañeros e hijo a
Italia". Esta misiva le entristeció, pero el sentido del
deber, así como las palabras de sus compañeros, le
convencieron.
Repararon las naves,
pintaron sus cascos y las aprovisionaron de víveres. Estos
trabajos no pasaron desapercibidos a Dido, quien le reprochó
"¿Qué será de mí?; ¿He de quedarme en esta tierra sola y
desamparada?". Eneas intentó convencerla de que no la dejaba
por falta de amor, sino que lo hacía porque los dioses así
lo querían; pero todo fue en vano. Incluso le amenaza con su
suicidio en una hoguera junto al palacio real. El piadoso
Eneas ordena, por incitación de Mercurio, que sus compañeros
armen sus naves y se alejen de las orillas de Cartago. Así
lo hacen al amanecer. Dido ve la partida desde las altas
murallas de la ciudad con inmenso dolor.
La historia de este
amor acaba con el suicidio de la reina. Ante la ausencia de
Eneas, preparó una pira con gruesas maderas y se colocó
encima de ella. De nada sirvieron las súplicas de su hermana
y ciudadanos cartagineses. Tomó una tea, la quemó y se
suicidó. Toda la ciudad la lloró, los sacerdotes ofrecieron
sacrificios por su alma, mientras a lo lejos Eneas,
entristecido, desde su nave contemplaba el fuego físico que
la hacía desaparecer.
No fue esta la última
vez que Eneas vio a Dido. En su bajada al Infierno la
reconoció entre las almas que por allí vagaban. De nuevo le
explicó las razones que le llevaron a salir de Cartago, "no
fue por mi voluntad, sino por la decisión del padre de los
dioses, Júpiter", pero ella ni lo miró ni le habló, a tanto
llegaba su odio hacia la persona a la que tanto había amado.
Esta leyenda fue
escrita después de que Roma acabara de raíz con su potencia
enemiga, Cartago. Se sabía que Aníbal, general cartaginés
que estuvo a punto de vencer a Roma en la segunda guerra
púnica, en sus años jóvenes había jurado odio eterno a los
descendientes de Eneas. No podemos olvidar por otra parte el
comienzo de los discursos de Catón en el senado romano
"delenda est Carthago", "Cartago debe ser destruida".
Os invito a que hagáis
un esfuerzo de imaginación y respondáis a estas preguntas:
¿Cómo contaríais la leyenda si la derrotada hubiera sido
Roma?; y si Eneas no hubiera hecho caso al destino decretado
por los dioses y hubiera optado por ser feliz con la persona
que tanto le amaba? |